Buscándole sentido a cosas que seguramente no lo tienen 2
La verdad es que hoy no me apetece seguir hablando de esta nueva experiencia laboral. Aun así, pienso que es mejor no dejarlo a medias.
Mi trato con la otra compañera fue algo diferente, aunque no menos desagradable, al menos para mí. Al final me convenció de que, en efecto, la enseñanza no era su fuerte.
Como os había dicho yo no tenía tiempo ni para pararme a pensar, por lo que, lo reconozco, en más de una ocasión le pregunté algo por segunda vez. Cuando lo hacía me miraba con esos ojos suyos acusadores, entre sorprendida, desencantada y a punto de perder los nervios y acto seguido, no sin esfuerzo, me recordaba que eso ya me lo había explicado.
Una vez recordé que ese día debíamos poner una lavadora (digo debíamos porque en ese momento yo aún no había descubierto que tal tarea era exclusivamente mía). Era el final de aquella jornada, veníamos de una actividad realizada fuera de la entidad y como yo era la única que conducía los dejé en las oficinas y me dispuse a buscar aparcamiento. Antes de irme le comenté que había que poner la lavadora y ella me confirmó que así era. Cuando regresé de aparcar ella estaba en el marco de la puerta con las llaves en la mano presta para cerrar el chiringuito y marcharse. Yo aún no disponía de mi llave para cerrar las persianas por lo que ella debía esperarme para poder cerrar. Dejé la llave de la furgoneta en las oficinas y salí corriendo para no hacerla esperar. Supuse que dado que me apremiaba a salir sería que ella ya habría puesto la lavadora.
Fue al día siguiente, sábado, que descubrí, de boca de la otra compañera (ese día no le tocaba trabajar a la protagonista de hoy), que ella "nunca ponía la lavadora". Me dijo esto, después de que yo fuese a mirar la lavadora, me la encontrase abierta con la ropa dentro y yo le preguntase si sabía si aquella ropa se había lavado o no. Le conté como había ido la cosa el día anterior y entonces me informó, con una extraña sonrisa, de lo que acabo de decir. Cómo no sabía cuanto iba a durar la actividad de ese día le pregunté si daba tiempo a ponerla y tenderla. Se quedó pensando un momento pensando y me dijo que no. Que ya se encargaría ella de que se hiciera el lunes (los lunes yo no trabajaba).
Cuando llego el martes me encuentro a la otra de morros. Tenía una muy evidente cara de cabreo y creo que ni respondió a mi saludo. Poco después observé la ropa tendida y tratando de averiguar el motivo de su enfado mi cerebro lo asoció con el asunto de la ropa. Le expliqué como habían ido las cosas y le pregunté si se había molestado. Me dijo que ni que sí ni que no. Que ahora ya estaba hecho. Y que era mi responsabilidad comprobar los viernes que se había puesto. Todo esto en un tono que hacía evidente que poner la lavadora y tender la ropa sí había sido un terrible problema para ella. Si recordáis cómo os he contado que fue la cosa el viernes y el sábado siguiente concluiréis como yo que su enfado era algo exagerado y que, además, la otra había faltado a su palabra.
Pero todo eso daba igual. Cada día era peor. Ellas charlaban rato y rato alegremente, entre ellas y con un tipo que venía algunos días a echar una mano". Si yo necesitaba algo para poder hacer mi trabajo tenía que esperar a que de mala gana interrumpieran su intrascendente conversación para dignarse a mirarme y escuchar lo que les tenía que decir.
La diferencia entre el trato que tenían conmigo y el que tenían entre ellas y con el resto era cada vez más evidente. Los saludos cada vez más parcos. La más amable, si me encontraba a la entrada fuera del local de la entidad, miraba al suelo y emitía una especie de gruñido. O, si yo llegaba detrás de ella, se apresuraba a entrar y cerrar la puerta, supongo que queriendo hacer ver que no me había visto.
Empezaron a redactar documentos señalando mis tareas. Al principio pensaba que para ayudarme pero después del segundo ya empecé a pensar cosas como que preferían escribirlo y darme el papel a hablar conmigo. Por norma general no me incluían en las conversaciones, aunque lo cierto es que yo no tenía tiempo para estar de cháchara. Solo me incluyeron en la conversación una vez en la que, casualmente, estaba presente la directora.
Cuando volvía a mi casa no me sacaba el trabajo y a las compañeras de la cabeza. Me cuestionaba a mi misma, pensaba en lo que podía haber hecho mal, en como podía darle la vuelta a aquella situación, en si podía ser que estuviera paranoica, si al vez las cosas no fueran como yo las veía. Me esforzaba por ser positiva, por acudir de nuevo al trabajo con la firme intención de llevarme bien con todo el mundo y estar a gusto, o, con el tiempo, de simplemente hacer mi trabajo sin que nada de aquello me afectara.
Me encontré a mi misma cada vez más retraída y pensando, a su vez, que con aquella respuesta involuntaria mía, no hacía más que retroalimentar aquella situación y en cierto sentido darles la razón. La rara era yo, la poco amable era yo, la distante era yo, la no comunicativa era yo, la incompetente era yo.
Lo de la profecía autocumplida es verdad, porque todo lo que acabo de decir y más es lo que adujeron en su carta de despido. Carta que recibí al segundo día de estar de baja, tras darme un ataque de llanto loco en el trabajo, de encerrarme en el lavabo y refrenar mi impulso de dejarlo en ese mismo momento y decidir finalmente que sería mejor acercarme a urgencias, donde me dieron una pastillita y me dijeron que no me tomara las cosas tan a pecho (ya me gustaría).
Me dejo muchas cosas por contar. Soy consciente de que esta es mi versión de la historia pero puedo deciros que había trabajado antes en muchos sitios, que he tenido compañer@s mucho más jóvenes o mayores que yo y que siempre me he llevado bien ell@s.
También puedo decir que no es la primera vez que personas que no me conocen y con las que no he tenido ningún trato me rechazan, me desprecian o me agreden de algún modo, sin motivo o, al menos, sin un motivo que provenga de mí. Desgraciadamente eso me ha pasado muchas veces. Y siempre me ha afectado mucho y está claro que me sigue afectando.
Hoy lo dejo aquí. Tengo otras cosas que requieren mi atención. Pero no quiero irme sin dar las gracias por muchas cosas, por esto, por saber escribir y poder escribir, por mi ordenador, por mis manos, por blogger, por los que leen con amor y comprensión, por compartir, por tantas cosas.
Que todos tengamos salud, amor, paz y suerte.
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