Epilogo

 He reflexionado sobre la situación vivida y he acabado por encontrarle sentido. 

Al principio me parecía que estaba recurriendo a cierto pensamiento mágico bastante extendido en esta época en la que los vendedores de humo tienen el campo abonado para crecer y esparcir sus deslumbrantes semillas que no dan fruto. Un tiempo en el que la forma prevalece sobre el contenido. En el que nos deleitamos con el brillo aparente de mensajes que no iluminan.

Pero al final, no sé bien cómo, todo se ha hecho claro para mí. 

Es cierto que el malestar nos informa de que algo no está bien. Cuando las cosas no fluyen puede que se nos esté informando de un obstáculo que es necesario retirar o de que estamos forzando un cauce que no es el natural. En  mi caso yo estaba empeñada en retirar o reducir un supuesto obstáculo en el cauce incorrecto. Lo cierto era que yo no tenía que superar las dificultades que estaba encontrando en mi puesto de trabajo. No era necesario que me esforzara por cambiar la situación en la que me encontraba. Lo que aquel malestar me estaba indicando con una claridad que yo me resistía a aceptar era que yo no debía estar allí. Que aquel no era el cauce en el que yo debía depositar mis esfuerzos.

Para verlo con mayor claridad hay que atender a los motivos. El motivo por el que yo ingresé en ese trabajo fue el miedo a dejar pasar una oportunidad inmediata para generar ingresos. Se trataba de una motivación extrínseca que nada tenía que ver con mis valores personales. Para que las cosas que haces tengan sentido tienen que responder a tus valores y a la misión que tú te hayas planteado en la vida.

Cada vez que sucumbo a la presión por la necesidad de tener un empleo de cara a la galería y unos ingresos que me permitan no tener miedo de no poder pagar las facturas, y acepto cualquier empleo que se me pone a tiro, estoy apartándome del camino que querría transitar. Salto de un empleo a otro sin sentido, sin coherencia, sin una meta. Y mientras tanto el tiempo pasa y los sueños siguen siendo sueños y estando igual de lejos que antes. Tu misión está eternamente postergada y tu corazón, que lo sabe, se resiente. Acabas por asumir como propios los pensamientos de muchos, de que así es la vida, que el trabajo es trabajo y que buscarle sentido a estas cosas es una pérdida de tiempo.

Este tipo de trayectoria carece de una base sólida sobre la que sostenerse y por eso a cada paso se derrumba. Sobretodo si tienes un corazón demasiado sensible.

La vida es muy corta, el tiempo pasa muy rápido, mi corazón no tiene tiempo que perder y está claro que no va a permitirme más demoras. Tengo una senda que transitar y debo empezar por el principio. Lo primero es saber hacia donde quiero dirigirme, tenerlo siempre presente y caminar solo en esa dirección. Construir empezando por los cimientos y seguir a partir de ahí. Con solidez, estabilidad y fuerza. Sin perder de vista el cielo pero siempre bien enraizada en la tierra.

Que nuestros corazones iluminen nuestra razón y guíen nuestras acciones. 



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